Cuatrocientos años de la Ermita de la Reja

Os dejamos aquí un interesante artículo de D. José Antonio Melgares Guerrero, Cronista Oficial de Caravaca de la Cruz sobre la ermita de la Reja

El año cuyo cuarto centenario conmemoramos a lo largo de este 2017, marca un punto de inflexión en la historia de Caravaca, o al menos en el aspecto relacionado con su tejido monumental. Sabemos que a lo largo de 1617 concluyeron las obras del convento franciscano de Sta. María de Gracia (hoy desaparecido tras la Desamortización de 1835, sobre cuyos restos se edificó la Plaza de Toros). También sabemos que el 16 de julio se produjo el comienzo de las obras de construcción del nuevo templo y actual Rl. Basílica de la Vera Cruz. Y por documentación epigráfica en lápida conmemorativa situada en ella, así mismo sabemos que en 1617 se construyó la Ermita de la Reja, pequeña edificación sobre la que fijamos hoy nuestra atención.

La citada ermita, referente óptico para cuantos se detienen a contemplar Caravaca en sus dos vertientes diferentes: de abajo arriba, o de arriba abajo (que ambas ofrecen sensaciones agradables a los sentidos), ha sido objeto de un reciente y documentado estudio, original de Indalecio Pozo y Rafael Marín, publicado en la última Revista de Fiestas de la Stma. Cruz (formando parte de un antiguo vía-crucis, vía dolorosa o vía sacra local). Dicha ermita se concluyó, como ya he dicho, en 1617, según se afirma en la lápida colocada en su fachada, a falta de algún detalle o dotación de ajuar litúrgico, al que se refiere en su testamento, siete años después (en 1624), el acaudalado hidalgo local que la mandó fabricar: D. Francisco Muso Muñoz de Otálora. Es probable, por tanto, que Muso y sus allegados más íntimos contemplaran desde este lugar (que estimamos mirador privilegiado con excelentes vistas al Castillo y resto de la ciudad), los primeros momentos de la edificación del templo de la Vera Cruz en el verano y meses siguientes de ese año 1617.

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La Ermita de la Reja se construyó junto al camino viejo de Moratalla, ya borrado por el desuso del mismo, y formaba parte de un conjunto de catorce pequeñas edificaciones (erigidas sobre una propiedad de la Marquesa del Salar), que paulatinamente fueron sustituyendo a simples hitos fijados por los frailes franciscanos habitantes del convento del Egido, quienes fueron los promotores del vía-crucis que, partiendo del propio convento se prolongaba hasta la cima del cerro que ellos mismos bautizaron con el nombre de Calvario o Monte Olivete. La de La Reja era la número doce y se dedicó al “Santo Cristo del Calvario” imagen del Crucificado allí venerada hasta los años de la guerra civil española y que, tras la misma, fue regalada por el arcipreste caravaqueño Dr. Tomás Hervás García al pueblo de Cieza, donde aún se le venera como el “Cristo del Consuelo”, al que tienen por patrón de la localidad. La imagen destruida en Cieza era del mismo escultor que la nuestra: el valenciano Juan de Rigusteza (de 1602), y por tanto de igual aspecto que la allí sacrificada sin justificación alguna en el verano de 1936.

La de La Reja es la única de las catorce ermitas construidas en El Calvario caravaqueño que se fabricó con material consistente: piedra de sillería, por lo que no pereció con el paso del tiempo como sucedió con el resto, construidas a base de mampostería y cal, cuya consistencia no resistió el paso y el peso de los años.

La construcción de cada una de ellas estuvo a cargo de familias adineradas de la oligarquía local, y también de personas que invirtieron sus bienes en el proyecto franciscano, como sucedió en 1629 con María Jesús Beata, quien contrató ese año con el albañil local Alonso Martínez, la fabricación de otra ermita como las que ya había hechas y un cuarto adosado a la misma para vivir allí el resto de su vida. Desconozco a cuál de las estaciones estuvo dedicada, pero sí su ubicación en la parte y lugar junto a la cerca de dicho convento de S. Francisco, de lo que se deduce que fue una de las primeras de la vía dolorosa.

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Se conocen algunos de los nombres del resto del conjunto de ermitas, como la de La Soledad y El Santo Sepulcro (construida esta última por D. Pedro Alfaro en 1691), que fuero las últimas del recorrido; deduciéndose otras del nombre del callejero urbano, como la Calle Verónica (aún existente) y la de La Tercera Caída que el cronista conoció y ha desaparecido del mismo. También conocemos nombres de otras por la documentación histórica, que alude a la cuarta y séptima estación (Jesús se encuentra con su madre, y Jesús cae por segunda vez respectivamente). Todas estas ermitas fueron desapareciendo, como digo, a lo largo de la segunda mitad del S. XX, permaneciendo sólo en el recuerdo de los mayores y en alguna que otra fotografía en blanco y negro.

Del cuidado y conservación de cada una de ellas se encargaron primero sus propios constructores, y luego sus descendientes. (De una de ellas lo hizo mi abuela materna, acompañada de sus hijas, antes de la guerra civil), quienes retiraron paulatinamente el ajuar decorativo y litúrgico de aquellas cuando la ruina se fue apoderando de las mismas.

También la de La Reja sufrió los estragos causados por el abandono. Los de mi generación la recordamos sin dueño reconocido y sin cubierta, tras el hundimiento de la misma por causas naturales. La cofradía pasional del Stmo. Cristo de los Voluntarios (El Silencio) se hizo con la propiedad en 1958, y la empresa pública (ya desaparecida) “Caravaca Jubilar” la restauró en 2001 de acuerdo con el proyecto redactado por los arquitectos Joaquín Pozo Navarro y Guillermo Jiménez Granero.

En la actualidad la Ermita de la Reja se encuentra restaurada, formando parte del tejido monumental local y constituyendo ella misma y el entorno que la circunda un sensacional mirador desde donde contemplar y admirar el casco urbano de Caravaca. Sin embargo, el vandalismo reinante no respeta el lugar y no hace del mismo el espacio de solaz, paz y deleite de los sentidos que sería de desear. El Ayuntamiento se ocupa de ello desde diciembre de 2016.

Fuente: elnoroestedigital.com

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