El accidentado viaje de fray Julián de Ávila y fray Antonio Gaytán a Caravaca en 1575

Compartimos este artículo del archivero municipal, D. Francisco Fernández García, por lo divertido de la anécdota y lo esclarecedor acerca de la naturaleza de las largas “peregrinaciones”, debido lo recóndito de nuestra Ciudad, en que se convertía viajar a Caravaca durante muchos siglos.

El accidentado viaje de fray Julián de Ávila y fray Antonio Gaytán a Caravaca en 1575

La historia del antiguo convento carmelita de San José que fundará Santa Teresa allá por el año 1575 está llena de episodios memorables que demuestran el enorme esfuerzo que requirió el establecimiento de las carmelitas reformadas en nuestra ciudad y las dificultades para su mantenimiento y continuidad, pues no hay que olvidar que a finales de 1663, antes de que se cumpliera el primer siglo de su llegada, la orden decidió el cierre del convento caravaqueño y su traslado a la villa toledana de Madridejos. La medida no llegó nunca a llevarse a cabo ya que el concejo de Caravaca se opuso con todos los medios a su alcance a tal pretensión por considerarla perjudicial para la villa y sus vecinos y contraria a las cláusulas contenidas en el contrato de fundación de dicho convento, llegando incuso a comisionar a un regidor para que se entrevistase con el Nuncio del Papa en nuestro país y le expusiese el asunto, pudiendo hacerlo asimismo ante cualquier otro tribunal y audiencia que se estimase oportuno, según se detalla en la carta de poder expedida al efecto.

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No voy a tratar el interesantísimo tema de la fundación caravaqueña por haberlo hecho en ocasiones anteriores, sino que me voy a centrar en un anecdótico suceso que tuvo lugar durante los preliminares de la fundación, cuando la orden negociaba con algunos vecinos de la villa la financiación de la misma y que ejemplifica las dificultades y desprotección que sufrían los viajeros en esa época, así como el mal estado de los caminos, sirviendo asimismo como retrato costumbrista del mal trance que sufrieron dos frailes carmelitas, los padres  Julián de Ávila y Antonio Gaytán, cuando recibieron de la madre Teresa el encargo de marchar a Caravaca. Inicialmente fue la propia Teresa de Jesús la que iba a viajar personalmente a nuestra ciudad para formalizar la fundación; no obstante, al ser advertida de las dificultades del viaje, cambio sus planes enviando en su lugar a los referidos frailes, que gozaban de su plena confianza y que fueron, a lo largo de su vida, eficaces colaboradores en la misión reformadora de la santa carmelita.
No conozco mucho acerca de estos personajes, aunque sé que el padre Gaytán viajó en varias ocasiones más a nuestra, siendo él, en mi opinión, el portador en otro viaje posterior de la célebre carta de Santa Teresa conservada en el Archivo Municipal de nuestra ciudad, no ocurriendo lo mismo con el padre Julián de Ávila puesto que, al parecer, esa fue la única ocasión que estuvo en Caravaca. Sin embargo es gracias a este último al que debemos el conocimiento de este suceso, ya que aparece relatado en el libro biográfico escrito por este religioso publicado por primera vez en 1881 con el título “Vida de Santa Teresa de Jesús”. Fray Julián de Ávila fue el primer capellán de santa y fue también uno de los que se encontraban presentes cuando, apenas transcurrido un año de su fallecimiento de Santa Teresa se exhumaron sus restos de su primitivo enterramiento en el convento de Alba de Tormes para su traslado al de San José de Ávila, momento en el que se le cortó un brazo al cadáver para dejarlo como reliquia en esa comunidad. Sin embargo, gracias a la influencia del Duque de Alba, un año después los restos regresaron a su primitivo emplazamiento, donde reposan en la actualidad. Por su parte, la reliquia incorrupta de su brazo tuvo una azarosa historia, llegando incluso a estar durante algunos años, en tiempos del dictador Franco, en la capilla del Palacio de El Pardo, época en la que viajó a muchas ciudades españolas, entre ellas Caravaca.

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Los padres Julián de Ávila y Antonio Gaytán recibieron el encargo de Santa Teresa de viajar a Caravaca para comprobar si los ofrecimientos para la fundación realizados por el hidalgo caravaqueño Rodrigo de Moya eran fiables y, en consecuencia, podían seguir los trámites para la misma. Tras comprobar la seriedad de la oferta, el 10 de marzo de 1575 se formalizó la escritura de donación, regresando seguidamente ambos a Beas, donde se encontraba la Madre Teresa. Aunque el relato no tiene fecha, a tenor de lo anteriormente expuesto, podemos conjeturar que el viaje tuvo que producirse en los crudos días invernales del mes febrero del referido año de 1575: “En la ida y en la venida se paso mucho trabajo de nieves y otros infortunios, que si todo se hubiera de contar no acabaramos tan ahina, pero lo que pasamos a la entrada de Caravaca no lo dejare de descir”.
El relato de la última etapa de este viaje se inicia en Moratalla, a donde llegaron los dos religiosos al anochecer y muy cansados “porque habiamos andado aquel dia muy larga jornada”, por lo que buscaron acomodo en una única posada que existía, como se encontraba completa, “había tanta gente, que no habia donde nos revolver”, decidieron buscar un guía y realizar el camino a pesar de lo avanzado de la noche. Emprendieron así la marcha pensando que alcanzarían su destino en un par de horas; al poco de iniciar el camino comenzó a llover y en la oscuridad de la noche observaron el comportamiento dubitativo del guía, preguntándole si se había perdido, a lo que este contestó afirmativamente: “Cuanto tal oimos, y viendonos por caminos no andaderos, no quiero descir los que dijimos”. La equivocación del guía provocó una discusión entre los dos religiosos, culpando el padre Gaytan al padre Julián del despiste por entretenerlo con oraciones y prédicas, cesando la discusión al comprobar el estado de embriaguez del guía, siendo esta la causa del extravío, por lo que decidieron continuar solos el desconocido camino en la oscuridad de la noche. Al fin llegaron a un lugar desde donde divisaron en lo alto de una cuesta la hoguera de un pastor, “dímosle voces que nos enseñase el camino y el, por no bajar, dijonos <<Por aquí, por aca>>, de suerte que nos tornamos a perder”. No consiguieron regresar al lugar donde estaba el pastor para volver a preguntarle por lo que decidieron buscar “algun cabo abrigado donde estar fasta la mañana”, pero no encontraron ninguno a propósito, por lo que optaron por continuar la marcha a pesar de lo perdidos que se encontraban: “Ni sabiamos si volviamos atrás, ni si ibamos adelante”. Finalmente se encontraron con un hombre, experimentando un gran alivio al sentirse salvados, pero resulto ser el guía que habían despedido, que andaba igualmente perdido. El enfado que cogieron fue tan grande que rechazaron su compañía y continuaron solos, hasta que poco antes de amanecer oyeron los ladridos de unos perros que les indicaron la dirección que debían seguir, relatando de este modo su llegada a nuestra ciudad: “Al cabo de ir muy cansados de andar, tan mal a veces, oimos ruido de perros, y como entendiamos que cierto lo eran, con mas buena atención los oiamos que la mejor musica que en el mundo pudieramos oir. Ansi que, yendonos andando hacia do los perros ladraban, cierto que topamos con las paredes del lugar, y no le veiamos según hacia de oscuro. A la primera casa preguntamos al que estaba durmiendo en su casa, que le debimos despertar a voces, diciendo ¿Cómo se llama el luga? Cuando el respondio que Caravaca, volviosenos el alma al cuerpo, y del trabajo pasado no haciamos ya caudal, aunque no dejabamos de tratar quen cara-vaca nos habia sido. Abrieronnos en una posada, y estuvimos aguardando el dia, que le faltaba poco para venir”.
Como ya queda dicho los referidos frailes se hospedaron en la casa de don Álvaro de Moya, permaneciendo en nuestra ciudad hasta la conclusión de su cometido, regresando a continuación a Beas para darle cumplida información tanto de las negociaciones seguidas como de la buena impresión que les causó nuestra ciudad, sin olvidar, eso si, los inconvenientes del viaje, como la propia Santa Teresa recoge en su libro de las fundaciones: “antes que se vinieron dejaron hechas las escrituras, y se vinieron dejándolas muy contentas; y ellos lo vinieron tanto de ellas y de la tierra, que no acababan de decirlo, también como del mal camino”.

Francisco Fernández García
Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz

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