La cuna de los Caballos del Vino

Os dejamos aquí un interesante artículo del archivero municipal Francisco Fernandez

caballo-encomienda-1766

Imagino que al leer el título que encabeza este artículo todo el mundo pensará en la Plaza del Hoyo, lo cual sin dejar de ser cierto, no se ajusta totalmente a la realidad. Si profundizamos en la historia de los Caballos del Vino distinguiremos rápidamente la existencia de varias etapas completamente diferenciadas, cifrándose la primera de ellas, atendiendo a la escasa documentación conocida, a mediados del siglo XVIII, precisando, eso sí, que no se trata de su principio sino de la data de los referidos documentos, puesto que en ellos se detalla que se realiza con anterioridad, “como es costumbre”. Así pues, es a esta primera época a la que alude el título y no a la posterior en que se popularizó la participación entre los caravaqueños, surgiendo los Caballos del Vino enjaezados por particulares.  La encomienda santiaguista de Caravaca tuvo un papel fundamental, mucho más importante del que hasta ahora se ha considerado, en el desarrollo de la ceremonia de la Bendición del Vino por la Vera Cruz; no solo por su aportación a la consolidación y subsistencia de los Caballos del Vino, puesto que durante mucho tiempo, tal vez desde su origen, tuvo a su cargo uno de los caballos que subían el vino, haciéndose cargo de todos los gastos del mismo, incluyendo la gratificación de los mozos que lo guiaban y también la de los que conducían el que preparaba la Mayordomía de la Cruz. Su cometido era más amplio, pues según se desprende de la documentación que conocemos, también tenía una gran responsabilidad en la provisión del vino y en su reparto una vez bendecido, en lo seguía sus criterios propios, reservándose asimismo el derecho protocolario a ser quienes lo distribuyesen. La primera de estas funciones aparece recogida en la “Descripción de las posesiones de la Encomienda de Caravaca” que se redactó en 1766 para conocimiento de su comendador, el Infante don Fernando Duque de Parma, en ella textualmente se dice: “que también es costumbre inmemorial el que esta encomienda enbie una carga de vino blanco al castillo el día dos de mayo de cada año”.

En cuanto al segundo punto, el reparto del vino, habría que hacer una cierta consideración. Martín de Cuenca fue el primero en dejar constancia de la ceremonia de la bendición del vino aseverando en su libro de 1722 que el vino se consumía directamente tras la conclusión de la ceremonia, repartiéndose a los enfermos solamente una pequeña parte del mismo: “Deste jarro de vino en que ha estado la Sagrada Cruz, van bebiendo aquellas mas principales personas que hay en aquel concurso, así hombres como mugeres, y de otros jarros grandes, en que tambien se ha puesto el pedestal con la soberana Cruz, van bebiendo gente de toda suerte de estados, en que se esperimentan todos los años singularísimas maravillas, sanando muchos de los males que traian, y sanando asímismo muchos enfermos, á quienes llevan de dicho vino”. Sin embargo, en la referida descripción de 1766, en el capítulo de obligaciones de la encomienda, se recogen sus funciones al respecto, deduciéndose de las mismas que se quedaba con una gran parte del vino para su posterior reparto: “y lo es igualmente el que esta encomienda enbie o reparta una porción crezida de dicho vino balnco, entre los señores juezes, estado ecclesiastico, comunidades relixiosas, rexidores, y demas personas de distincion de este pueblo, embiandoles a cada uno a sus casas un frasco grande o mediano segun su la calidad de suxeto, conmo tambien el dar de beber a toda la soldadesca quando pasa el dia tres de mayo la procesion por delante de esta casa terzia, y a los labradores alguna corta porcion, que piden para roziar los sementeros”.

El incumplimiento, entre otras, de estas funciones fue denunciado ante el rey por el ayuntamiento de Caravaca en 1782, presentando un memorial quejándose de las innovaciones introducidas por el administrador de la encomienda don José Vallejo, entre las que figuraban “no repartir al publico el vino que en dia de Cruz ha sido costumbre, ni subir al Castillo el que se ha de vendecir”.

En la Casa Tercia de Caravaca, situada en uno de los extremos de la calle mayor, se guardaban los aditamentos con que se engalanaba el caballo tras ser aparejado y cargado: un repostero para cubrir la carga y una bandera con la representación de la Cruz de Caravaca, que se colocaba sobre la misma indicando su participación en la ceremonia, convirtiéndose esta última en el principal signo de identidad de los Caballos del Vino, y también en ella estaba la gran bodega donde se almacenaba el vino de los diezmos así como las cuadras y caballerizas, por lo tanto es lógico pensar, que era en ese lugar donde se cargaba el vino y se adornaba el caballo, y que de ahí se dirigía al castillo, constituyendo este el primer itinerario seguido por los Caballos del Vino, existiendo al menos desde 1765, aunque como ya queda dicho su origen es anterior. Podríamos remontarnos a la construcción de este edificio en los primeros años del siglo XVII, pero también hemos de considerar que antes de la erección de la misma, la Orden de Santiago tenía alquilado un inmueble próximo a ella, donde efectuaba también funciones de almacenaje de diversos productos, entre ellos el vino. Sea como fuere, el caso es que este itinerario es uno de los pocos elementos que han perdurado desde entonces, por lo que debería de preservarse y cuidarse, y aunque bien es cierto que el que se efectúa en la actualidad procede de la reorganización de las fiestas que tuvo lugar un siglo después con el surgimiento de la misa de aparición y los grupos de moros de cristianos no es menos cierto, como queda demostrado, que los Caballos del Vino ya lo hacían con anterioridad.  Este momento central del siglo XIX es muy importante para las fiestas, ya que además de las novedades citadas, se produjo la desaparición de la Orden de Santiago, con lo que sus prerrogativas en el reparto del vino fueron asumidas por la Cofradía, en tanto que los Caballos del Vino pasaron a ser preparados y sacados por particulares de la población, terminando todo por reglamentarse a finales de esta centuria con la creación en el seno de la Cofradía de una comisión dedicada a la organización de los festejos.

Esta segunda etapa es también bastante desconocida ya que existen muy pocos documentos y fuentes para su investigación. El hecho más importante es el cambio de modo de transporte del vino, dejando de hacerse cargado sobre los caballos, surgiendo así un nuevo concepto de Caballo del Vino que llega hasta nuestros días, convertido en elemento festivo, adquiriendo cada vez mas relevancia las carreras, elemento importantísimo gracias al cual el festejo arraigó y se mantuvo vivo entre la población. Este hecho debió producirse en las décadas finales del siglo XIX ya que Torrecilla de Robles en su libro “El aparecimiento de la Cruz de Caravaca” de 1888 indica que los caballos hacían el recorrido cargados con el vino y adornados con un manto y una bandera mientras que Sala Nogarou en sus “Apuntes para formar el reglamento de la Comisión de Festejos de la Santísima Cruz de Caravaca”, redactado diez años después, explica que los caballos ya no transportan el vino solamente representan el hacerlo.
En este contexto de imprecisión, existen también algunas referencias contradictorias, así en la crónica de las fiestas de Caravaca publicada en el diario Las Provincias de Levante el 6 de mayo de 1902, el corresponsal reseña todavía la existencia de la pequeña carga de vino: “corriéndose antes catorce caballos, lujosamente enjaezados con carga de una pequeña cantidad de líquido que instantes después había de bendecirse”. Por otra parte resulta de gran interés la referencia a la participación de 14 caballos, lo que indica claramente su arraigo en la población. Las noticias, como decía, son muy escasas, pero reflejan su progresivo incremento, en 1910 se dice que son “en gran numero y muy vistosos” y en 1932 “una veintena”.  Paralelamente las Carreras (en esta época se utilizaba el plural), adquirieron importancia convirtiéndose, tras superar un intento de prohibición en 1892 por razón de su peligrosidad, en el reclamo fundamental para el público. La crónica festiva de 1902 destaca su generalizada aceptación y estimación: “Según nos aseguran, son bastantes los caballos que están preparando para efectuar las tradicionales carreras de caballos del vino, en la Cuesta del castillo. Es una fiesta algo peligrosa, pero que atrae mucho público”, valorándose la pericia de los caballistas, y resaltándose la ausencia de accidentes, como recoge la crónica festiva de 1894: “Los caballos del vino, sin atropellar a nadie, a que son tan expuestos por las condiciones en que se dan las carreras”.

Fuente: elnoroestedigital.com

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