Restauración y metamorfosis en El Salvador de Caravaca de la Cruz

Os dejamos aquí un interesante artículo de Francisco Sandoval aparecido en el periódico El Noroeste sobre una de las joyas del Renacimiento murciano: la iglesia parroquial de El Salvador.

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Al mirar hoy a nuestros monumentos esperamos encontrar identidad y vetustez. Lo que de ellos vemos es la consecuencia de cómo han sido tratados en el pasado. Sería muy extenso entrar en la rica historia del templo de El Salvador, así que vamos a focalizar un punto concreto: la restauración acometida en la década de 1970.
Sin duda, la de aquellos años es una intervención que marcó un antes y un después en la vida del templo. Tanto, que cabría preguntarnos, ¿restauración o metamorfosis? En nuestros monumentos reconocemos la identidad de un pueblo, es por ello que acometer una restauración del mismo conlleva un proceso reflexivo y una identificación de valores históricos y documentales, entre otros. No es fácil. Y en particular, durante la segunda mitad del régimen franquista se acometieron en España muchas restauraciones en las que el monumento sufre alteraciones, añadiendo y suprimiendo partes, y como señaló el arquitecto Muñoz Cosme, llevándolo en muchos casos a un estado subjetivamente concebido.
En El Salvador de Caravaca, en los años 70 se cerró el templo en su alzado oeste con un aspecto claramente distinto al resto de los muros del templo. Identificamos ahí la intención de cumplir la Carta del Restauro de Venecia, “se diferenciará lo original de lo añadido”. Sin embargo, también se introdujo un elemento de nuevo trazado como es el rosetón. Este hecho modificó para siempre algo tan intangible como necesario, que modela el espacio arquitectónico: la luz. Desde aquel acto el interior del templo se concebirá con otra atmósfera.
Es propio de las intervenciones de esa época pasar por alto un preceptivo análisis de qué se desea conseguir. El Salvador no fue una excepción. Solo existe una somera memoria que justifica la obra. En el último cuerpo de la torre se concluyen los cuatro conjuratorios cubriéndolos con cúpulas y pináculos, y el campanario se reviste de piedra caliza con pilastras para enriquecer la austera colmatación de la torre. Identificamos esta actuación como una labor de “repristino”, es decir, completar una obra inacabada por razones de estilo, pero según el artículo 2 de la Carta del Restauro de 1932, esto debe hacerse siempre basándonos en datos históricos que la respalden. Y es aquí donde el arquitecto lleva a cabo una reinterpretación de la obra. Por un lado, pretende conseguir unidad de estilo con el nuevo aplacado de piedra. Por otro, procura guardar cierta fidelidad al proyecto primigenio. Y recalcamos “cierta”, porque tropezó con una labor insalvable. Una vez que, por estricta necesidad, se levanta el austero campanario a mitad del siglo XVIII ya se modifica la idea original, por lo que se enfrenta a otra realidad distinta. Como resultado debió de abandonar la pauta historicista e interpretó un remate muy particular, aunque todo ello adolece de la reflexión que hoy dejaríamos por escrito.
Volviendo sobre la nave de la iglesia, el mencionado rosetón es una invención de 1972. Solo se justifica en la necesidad de dar luz a la nave. Un análisis profundo excedería con creces estas líneas, pero por lo llamativo acabaremos mencionando el coro inaccesible que se dispone a los pies del templo. Hubiera sido deseable otra actuación, que tuviese en cuenta la utilidad de este elemento en la historia del templo, máxime cuando sabemos que El Salvador llegó a tener uno de los mayores órganos de la Región.
Por todo esto, se echa en falta una unidad de criterio. Los más puristas reniegan además de la sustitución de la cubierta original con estructura de madera, por otra de cerchas metálicas.
“Polémica restauración” se ha escrito de ella. Si nuestra percepción de la arquitectura, que tantos años lleva ahí ya no es la misma, cabría añadir que la forma en que la sociedad se relaciona con ella ha mudado la piel.

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