El accidentado viaje de fray Julián de Ávila y fray Antonio Gaytán a Caravaca en 1575

Compartimos este artículo del archivero municipal, D. Francisco Fernández García, por lo divertido de la anécdota y lo esclarecedor acerca de la naturaleza de las largas “peregrinaciones”, debido lo recóndito de nuestra Ciudad, en que se convertía viajar a Caravaca durante muchos siglos.

El accidentado viaje de fray Julián de Ávila y fray Antonio Gaytán a Caravaca en 1575

La historia del antiguo convento carmelita de San José que fundará Santa Teresa allá por el año 1575 está llena de episodios memorables que demuestran el enorme esfuerzo que requirió el establecimiento de las carmelitas reformadas en nuestra ciudad y las dificultades para su mantenimiento y continuidad, pues no hay que olvidar que a finales de 1663, antes de que se cumpliera el primer siglo de su llegada, la orden decidió el cierre del convento caravaqueño y su traslado a la villa toledana de Madridejos. La medida no llegó nunca a llevarse a cabo ya que el concejo de Caravaca se opuso con todos los medios a su alcance a tal pretensión por considerarla perjudicial para la villa y sus vecinos y contraria a las cláusulas contenidas en el contrato de fundación de dicho convento, llegando incuso a comisionar a un regidor para que se entrevistase con el Nuncio del Papa en nuestro país y le expusiese el asunto, pudiendo hacerlo asimismo ante cualquier otro tribunal y audiencia que se estimase oportuno, según se detalla en la carta de poder expedida al efecto.

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No voy a tratar el interesantísimo tema de la fundación caravaqueña por haberlo hecho en ocasiones anteriores, sino que me voy a centrar en un anecdótico suceso que tuvo lugar durante los preliminares de la fundación, cuando la orden negociaba con algunos vecinos de la villa la financiación de la misma y que ejemplifica las dificultades y desprotección que sufrían los viajeros en esa época, así como el mal estado de los caminos, sirviendo asimismo como retrato costumbrista del mal trance que sufrieron dos frailes carmelitas, los padres  Julián de Ávila y Antonio Gaytán, cuando recibieron de la madre Teresa el encargo de marchar a Caravaca. Inicialmente fue la propia Teresa de Jesús la que iba a viajar personalmente a nuestra ciudad para formalizar la fundación; no obstante, al ser advertida de las dificultades del viaje, cambio sus planes enviando en su lugar a los referidos frailes, que gozaban de su plena confianza y que fueron, a lo largo de su vida, eficaces colaboradores en la misión reformadora de la santa carmelita.
No conozco mucho acerca de estos personajes, aunque sé que el padre Gaytán viajó en varias ocasiones más a nuestra, siendo él, en mi opinión, el portador en otro viaje posterior de la célebre carta de Santa Teresa conservada en el Archivo Municipal de nuestra ciudad, no ocurriendo lo mismo con el padre Julián de Ávila puesto que, al parecer, esa fue la única ocasión que estuvo en Caravaca. Sin embargo es gracias a este último al que debemos el conocimiento de este suceso, ya que aparece relatado en el libro biográfico escrito por este religioso publicado por primera vez en 1881 con el título “Vida de Santa Teresa de Jesús”. Fray Julián de Ávila fue el primer capellán de santa y fue también uno de los que se encontraban presentes cuando, apenas transcurrido un año de su fallecimiento de Santa Teresa se exhumaron sus restos de su primitivo enterramiento en el convento de Alba de Tormes para su traslado al de San José de Ávila, momento en el que se le cortó un brazo al cadáver para dejarlo como reliquia en esa comunidad. Sin embargo, gracias a la influencia del Duque de Alba, un año después los restos regresaron a su primitivo emplazamiento, donde reposan en la actualidad. Por su parte, la reliquia incorrupta de su brazo tuvo una azarosa historia, llegando incluso a estar durante algunos años, en tiempos del dictador Franco, en la capilla del Palacio de El Pardo, época en la que viajó a muchas ciudades españolas, entre ellas Caravaca.

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Los padres Julián de Ávila y Antonio Gaytán recibieron el encargo de Santa Teresa de viajar a Caravaca para comprobar si los ofrecimientos para la fundación realizados por el hidalgo caravaqueño Rodrigo de Moya eran fiables y, en consecuencia, podían seguir los trámites para la misma. Tras comprobar la seriedad de la oferta, el 10 de marzo de 1575 se formalizó la escritura de donación, regresando seguidamente ambos a Beas, donde se encontraba la Madre Teresa. Aunque el relato no tiene fecha, a tenor de lo anteriormente expuesto, podemos conjeturar que el viaje tuvo que producirse en los crudos días invernales del mes febrero del referido año de 1575: “En la ida y en la venida se paso mucho trabajo de nieves y otros infortunios, que si todo se hubiera de contar no acabaramos tan ahina, pero lo que pasamos a la entrada de Caravaca no lo dejare de descir”.
El relato de la última etapa de este viaje se inicia en Moratalla, a donde llegaron los dos religiosos al anochecer y muy cansados “porque habiamos andado aquel dia muy larga jornada”, por lo que buscaron acomodo en una única posada que existía, como se encontraba completa, “había tanta gente, que no habia donde nos revolver”, decidieron buscar un guía y realizar el camino a pesar de lo avanzado de la noche. Emprendieron así la marcha pensando que alcanzarían su destino en un par de horas; al poco de iniciar el camino comenzó a llover y en la oscuridad de la noche observaron el comportamiento dubitativo del guía, preguntándole si se había perdido, a lo que este contestó afirmativamente: “Cuanto tal oimos, y viendonos por caminos no andaderos, no quiero descir los que dijimos”. La equivocación del guía provocó una discusión entre los dos religiosos, culpando el padre Gaytan al padre Julián del despiste por entretenerlo con oraciones y prédicas, cesando la discusión al comprobar el estado de embriaguez del guía, siendo esta la causa del extravío, por lo que decidieron continuar solos el desconocido camino en la oscuridad de la noche. Al fin llegaron a un lugar desde donde divisaron en lo alto de una cuesta la hoguera de un pastor, “dímosle voces que nos enseñase el camino y el, por no bajar, dijonos <<Por aquí, por aca>>, de suerte que nos tornamos a perder”. No consiguieron regresar al lugar donde estaba el pastor para volver a preguntarle por lo que decidieron buscar “algun cabo abrigado donde estar fasta la mañana”, pero no encontraron ninguno a propósito, por lo que optaron por continuar la marcha a pesar de lo perdidos que se encontraban: “Ni sabiamos si volviamos atrás, ni si ibamos adelante”. Finalmente se encontraron con un hombre, experimentando un gran alivio al sentirse salvados, pero resulto ser el guía que habían despedido, que andaba igualmente perdido. El enfado que cogieron fue tan grande que rechazaron su compañía y continuaron solos, hasta que poco antes de amanecer oyeron los ladridos de unos perros que les indicaron la dirección que debían seguir, relatando de este modo su llegada a nuestra ciudad: “Al cabo de ir muy cansados de andar, tan mal a veces, oimos ruido de perros, y como entendiamos que cierto lo eran, con mas buena atención los oiamos que la mejor musica que en el mundo pudieramos oir. Ansi que, yendonos andando hacia do los perros ladraban, cierto que topamos con las paredes del lugar, y no le veiamos según hacia de oscuro. A la primera casa preguntamos al que estaba durmiendo en su casa, que le debimos despertar a voces, diciendo ¿Cómo se llama el luga? Cuando el respondio que Caravaca, volviosenos el alma al cuerpo, y del trabajo pasado no haciamos ya caudal, aunque no dejabamos de tratar quen cara-vaca nos habia sido. Abrieronnos en una posada, y estuvimos aguardando el dia, que le faltaba poco para venir”.
Como ya queda dicho los referidos frailes se hospedaron en la casa de don Álvaro de Moya, permaneciendo en nuestra ciudad hasta la conclusión de su cometido, regresando a continuación a Beas para darle cumplida información tanto de las negociaciones seguidas como de la buena impresión que les causó nuestra ciudad, sin olvidar, eso si, los inconvenientes del viaje, como la propia Santa Teresa recoge en su libro de las fundaciones: “antes que se vinieron dejaron hechas las escrituras, y se vinieron dejándolas muy contentas; y ellos lo vinieron tanto de ellas y de la tierra, que no acababan de decirlo, también como del mal camino”.

Francisco Fernández García
Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz

FESTEROS DE ALTURA

Os dejamos aquí un interesante artículo sobre los gigantes y cabezudos de Caravaca de la Cruz.

Gigantes y cabezudos y el Tío de la Pita junto a estas figuras anuncian cada año la llegada de las fiestas de la Vera Cruz de Caravaca.

La tradición festiva de los gigantes se encuentra ligada, como otras muchas en Caravaca, a las Fiestas de la Cruz. Los gigantes son propiedad de la Cofradía de la Vera Cruz, circunstancia muy significativa ya que en el resto de localidades de España en las que existe esta manifestación cultural, los gigantes pertenecen a de una asociación cultural o dependen de los propios ayuntamientos.

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Los datos existentes sobre los gigantes y cabezudos de Caravaca de la Cruz permiten afirmar que las fiestas en honor a la Santísima y Vera Cruz de Caravaca han venido rodeadas a lo largo de su historia de una serie de actividades lúdicas y folclóricas, que han servido de complemento antropológico al núcleo religioso en torno al cual giraban, y que no era otro que la exaltación del culto a la Santísima y Vera Cruz de Caravaca portadora de un ‘Lignum Crucis’ y reconocida como tal por la Santa Sede.

Historia recogida

En cuanto a la presencia en la fiesta los historiadores locales también señalan que «entre los festejos que se realizaban ya desde siglos pasados se cuenta con el de gigantes y cabezudos, festejo que podemos remontarlo en sus orígenes, como mínimo al siglo XVII». Para argumentar esta afirmación, el historiador local Gregorio Sánchez Romero aporta datos del año 1722 referidos a documentos de Martín de Cuenca Fernández Piñero, historiador y capellán del templo de la Vera Cruz. También se refiere a la presencia del Tío de la Pita, y apunta que en 1803, el Ayuntamiento tuvo que destinar 200 reales para el pago del dulzainero.

Durante el siglo XIX la costumbre continúa y los medios de comunicación regionales (Diario de Murcia, 1881) se hacen eco de la presencia de los gigantes y de la aparición por entonces de la pareja de ‘Los Gitanos’ dentro del cortejo. En los programas de fiestas también hay referencias a los gigantes y Salas Nougurou escribía en 1989: «figurones: es la nota saliente para los niños, no preguntan a sus padres cuando es el día de la Cruz, sino ¿cuándo salen los gigantes?, ¿cuándo viene la dulzaina?».

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La familia

En la localidad la mayoría de las familias tiene uno o varios componentes que son festeros militantes, lo que equivale a decir que durante los días de fiesta o eres moro, cristiano o caballista. Pero si hay una familia especialmente festera es la que tiene como residencia oficial la ermita de San Sebastián. La familia cuenta con un total de 11 componentes adultos y otros tantos de enormes cabezas. Son los gigantes y cabezudos de Caravaca de la Cruz, unos festeros de altura.

El cabeza de familia se hace llamar ‘El Nano’, es el de menor estatura, característica que comparte con su compañera ‘La Nana’. En la misma casa habitan otras parejas como ‘El Gitano’ y ‘La Gitana’; ‘El Negro’ y ‘La Negra’; ‘El Moro’ y ‘La Mora; ‘El Cristiano’ y ‘La Cristiana’ y un soltero: el ‘Gigante Tomir’, que aunque nació hace tan sólo siete años es el más alto de todos.

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Fuente: laverdad.es

La cuna de los Caballos del Vino

Os dejamos aquí un interesante artículo del archivero municipal Francisco Fernandez

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Imagino que al leer el título que encabeza este artículo todo el mundo pensará en la Plaza del Hoyo, lo cual sin dejar de ser cierto, no se ajusta totalmente a la realidad. Si profundizamos en la historia de los Caballos del Vino distinguiremos rápidamente la existencia de varias etapas completamente diferenciadas, cifrándose la primera de ellas, atendiendo a la escasa documentación conocida, a mediados del siglo XVIII, precisando, eso sí, que no se trata de su principio sino de la data de los referidos documentos, puesto que en ellos se detalla que se realiza con anterioridad, “como es costumbre”. Así pues, es a esta primera época a la que alude el título y no a la posterior en que se popularizó la participación entre los caravaqueños, surgiendo los Caballos del Vino enjaezados por particulares.  La encomienda santiaguista de Caravaca tuvo un papel fundamental, mucho más importante del que hasta ahora se ha considerado, en el desarrollo de la ceremonia de la Bendición del Vino por la Vera Cruz; no solo por su aportación a la consolidación y subsistencia de los Caballos del Vino, puesto que durante mucho tiempo, tal vez desde su origen, tuvo a su cargo uno de los caballos que subían el vino, haciéndose cargo de todos los gastos del mismo, incluyendo la gratificación de los mozos que lo guiaban y también la de los que conducían el que preparaba la Mayordomía de la Cruz. Su cometido era más amplio, pues según se desprende de la documentación que conocemos, también tenía una gran responsabilidad en la provisión del vino y en su reparto una vez bendecido, en lo seguía sus criterios propios, reservándose asimismo el derecho protocolario a ser quienes lo distribuyesen. La primera de estas funciones aparece recogida en la “Descripción de las posesiones de la Encomienda de Caravaca” que se redactó en 1766 para conocimiento de su comendador, el Infante don Fernando Duque de Parma, en ella textualmente se dice: “que también es costumbre inmemorial el que esta encomienda enbie una carga de vino blanco al castillo el día dos de mayo de cada año”.

En cuanto al segundo punto, el reparto del vino, habría que hacer una cierta consideración. Martín de Cuenca fue el primero en dejar constancia de la ceremonia de la bendición del vino aseverando en su libro de 1722 que el vino se consumía directamente tras la conclusión de la ceremonia, repartiéndose a los enfermos solamente una pequeña parte del mismo: “Deste jarro de vino en que ha estado la Sagrada Cruz, van bebiendo aquellas mas principales personas que hay en aquel concurso, así hombres como mugeres, y de otros jarros grandes, en que tambien se ha puesto el pedestal con la soberana Cruz, van bebiendo gente de toda suerte de estados, en que se esperimentan todos los años singularísimas maravillas, sanando muchos de los males que traian, y sanando asímismo muchos enfermos, á quienes llevan de dicho vino”. Sin embargo, en la referida descripción de 1766, en el capítulo de obligaciones de la encomienda, se recogen sus funciones al respecto, deduciéndose de las mismas que se quedaba con una gran parte del vino para su posterior reparto: “y lo es igualmente el que esta encomienda enbie o reparta una porción crezida de dicho vino balnco, entre los señores juezes, estado ecclesiastico, comunidades relixiosas, rexidores, y demas personas de distincion de este pueblo, embiandoles a cada uno a sus casas un frasco grande o mediano segun su la calidad de suxeto, conmo tambien el dar de beber a toda la soldadesca quando pasa el dia tres de mayo la procesion por delante de esta casa terzia, y a los labradores alguna corta porcion, que piden para roziar los sementeros”.

El incumplimiento, entre otras, de estas funciones fue denunciado ante el rey por el ayuntamiento de Caravaca en 1782, presentando un memorial quejándose de las innovaciones introducidas por el administrador de la encomienda don José Vallejo, entre las que figuraban “no repartir al publico el vino que en dia de Cruz ha sido costumbre, ni subir al Castillo el que se ha de vendecir”.

En la Casa Tercia de Caravaca, situada en uno de los extremos de la calle mayor, se guardaban los aditamentos con que se engalanaba el caballo tras ser aparejado y cargado: un repostero para cubrir la carga y una bandera con la representación de la Cruz de Caravaca, que se colocaba sobre la misma indicando su participación en la ceremonia, convirtiéndose esta última en el principal signo de identidad de los Caballos del Vino, y también en ella estaba la gran bodega donde se almacenaba el vino de los diezmos así como las cuadras y caballerizas, por lo tanto es lógico pensar, que era en ese lugar donde se cargaba el vino y se adornaba el caballo, y que de ahí se dirigía al castillo, constituyendo este el primer itinerario seguido por los Caballos del Vino, existiendo al menos desde 1765, aunque como ya queda dicho su origen es anterior. Podríamos remontarnos a la construcción de este edificio en los primeros años del siglo XVII, pero también hemos de considerar que antes de la erección de la misma, la Orden de Santiago tenía alquilado un inmueble próximo a ella, donde efectuaba también funciones de almacenaje de diversos productos, entre ellos el vino. Sea como fuere, el caso es que este itinerario es uno de los pocos elementos que han perdurado desde entonces, por lo que debería de preservarse y cuidarse, y aunque bien es cierto que el que se efectúa en la actualidad procede de la reorganización de las fiestas que tuvo lugar un siglo después con el surgimiento de la misa de aparición y los grupos de moros de cristianos no es menos cierto, como queda demostrado, que los Caballos del Vino ya lo hacían con anterioridad.  Este momento central del siglo XIX es muy importante para las fiestas, ya que además de las novedades citadas, se produjo la desaparición de la Orden de Santiago, con lo que sus prerrogativas en el reparto del vino fueron asumidas por la Cofradía, en tanto que los Caballos del Vino pasaron a ser preparados y sacados por particulares de la población, terminando todo por reglamentarse a finales de esta centuria con la creación en el seno de la Cofradía de una comisión dedicada a la organización de los festejos.

Esta segunda etapa es también bastante desconocida ya que existen muy pocos documentos y fuentes para su investigación. El hecho más importante es el cambio de modo de transporte del vino, dejando de hacerse cargado sobre los caballos, surgiendo así un nuevo concepto de Caballo del Vino que llega hasta nuestros días, convertido en elemento festivo, adquiriendo cada vez mas relevancia las carreras, elemento importantísimo gracias al cual el festejo arraigó y se mantuvo vivo entre la población. Este hecho debió producirse en las décadas finales del siglo XIX ya que Torrecilla de Robles en su libro “El aparecimiento de la Cruz de Caravaca” de 1888 indica que los caballos hacían el recorrido cargados con el vino y adornados con un manto y una bandera mientras que Sala Nogarou en sus “Apuntes para formar el reglamento de la Comisión de Festejos de la Santísima Cruz de Caravaca”, redactado diez años después, explica que los caballos ya no transportan el vino solamente representan el hacerlo.
En este contexto de imprecisión, existen también algunas referencias contradictorias, así en la crónica de las fiestas de Caravaca publicada en el diario Las Provincias de Levante el 6 de mayo de 1902, el corresponsal reseña todavía la existencia de la pequeña carga de vino: “corriéndose antes catorce caballos, lujosamente enjaezados con carga de una pequeña cantidad de líquido que instantes después había de bendecirse”. Por otra parte resulta de gran interés la referencia a la participación de 14 caballos, lo que indica claramente su arraigo en la población. Las noticias, como decía, son muy escasas, pero reflejan su progresivo incremento, en 1910 se dice que son “en gran numero y muy vistosos” y en 1932 “una veintena”.  Paralelamente las Carreras (en esta época se utilizaba el plural), adquirieron importancia convirtiéndose, tras superar un intento de prohibición en 1892 por razón de su peligrosidad, en el reclamo fundamental para el público. La crónica festiva de 1902 destaca su generalizada aceptación y estimación: “Según nos aseguran, son bastantes los caballos que están preparando para efectuar las tradicionales carreras de caballos del vino, en la Cuesta del castillo. Es una fiesta algo peligrosa, pero que atrae mucho público”, valorándose la pericia de los caballistas, y resaltándose la ausencia de accidentes, como recoge la crónica festiva de 1894: “Los caballos del vino, sin atropellar a nadie, a que son tan expuestos por las condiciones en que se dan las carreras”.

Fuente: elnoroestedigital.com

20 de febrero de 1843 – Acuerdo para la construcción de la Glorieta de Caravaca

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Os dejamos aquí un interesante artículo del archivero municipal sobre un lugar emblemático de Caravaca de la Cruz: su Glorieta.

Francisco Fernández García/Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz

El 20 de febrero de 1843 la comisión de obras públicas del Ayuntamiento de Caravaca presentó en la sesión plenaria celebrada ese día el proyecto para la construcción de una glorieta en «en el sitio llamado de la Corredera».

La Corredera, nombre que todavía se sigue utilizando actualmente para designar el lugar, era un amplio espacio situado en las afueras de la villa en la zona de donde partían los caminos de Lorca y Granada. Comenzó a ser ocupada por viviendas a comienzos del siglo XVI, convirtiéndose desde el primer momento en una de las principales zonas de la población; el hecho de que por ella discurriera la procesión del baño de la Vera Cruz  hizo que el Concejo la cuidara de forma especial, ordenando periódicamente su reparación y limpieza, procurando siempre que su estado fuese lo mejor posible. Con este fin, en 1599 se plantaron árboles para formar una alameda. Su aspecto comenzó a variar en 1781, año en que se sustituyeron los árboles cambiándolos por olmos y se instalaron bancos de piedra que «no se deteriorasen con los tiempos y las lluvias». En 1803 las dos hileras de olmos fueron rodeados por una verja de madera colocada sobre unos bancos de obra para asegurar su protección «de las bestias en tiempos de feria y otros» impidiendo al mismo tiempo que pudieran ser utilizados por los transeúntes para su descanso. Finalmente, en 1813 considerándolo «el principal y unico paseo de esta villa» se allanó su suelo cubriéndolo con una nueva capa de tierra. Se pretendió también en este momento hacer una serie de obras complementarias, pero la oposición de los vecinos determinó su suspensión al poco de comenzar, así como la imposición de una multa a los regidores responsables de las mismas.

Y así llegamos al año 1842, año en el que el procurador síndico, D. Agustín Marín de Espinosa, elaboró un informe sobre el estado urbanístico de la población, exigiendo mejoras inmediatas «Todos los pueblos pueden ser bien gobernados, pueden disfrutar de completa tranquilidad, de seguridad sus vecinos, pero tan preciosa ventaja se rebajaria si sus edificios estubiesen descuidados, sus fachadas mal construidas, sus calles en un completo abandono, y sin paseos que ofreciesen una idea clara y distinta del gusto de sus havitantes, del estado de su cibilizacion y cultura y de sus deseos por nibelarse con los pueblos mas ricos y felices dela Nacion. Esta és una verdad que ella misma se demuestra, y que tiene una aplicacion muy esacta esta Villa de Caravaca. Sucias y descompuestas sus calles, intransitables sus abenidas, sin alumbrado enmedio dela obscuridad dela noche, sin ninguna de aquellas cosas que hacen florecientes las Poblaciones, ofrece una perspectiva desconsoladora, y que debe escitar la atencion dela Municipalidad». Las palabras de Marín de Espinosa calaron hondamente en las autoridades municipales procediéndose a la mejora de determinadas zonas de la población.

El 1 de enero de 1843 ocupó la alcaldía el progresista D. Manuel de Amoraga y Torres que, siguiendo la línea iniciada por su antecesor D. José María Aznar y Reina, presentó ante el Pleno para su aprobación el proyecto realizado por el maestro de obras D. Ramón Jiménez de la Fuente para la construcción de una Glorieta en la Corredera.

El proyecto fue debatido y aceptado en la sesión plenaria celebrada el 20 de febrero de ese año, aprobándose igualmente el presupuesto de la obra que ascendía a la cantidad de 8.205 reales, costeándose del fondo de obras públicas, tanto del correspondiente al año anterior del que tan solo se habían gastado 300 reales, como del presente año que se hallaba intacto, remitiéndose toda la información a la Diputación Provincial para su aprobación. Esta lo ratificó de inmediato, comunicándolo al Ayuntamiento en una carta fechada el 24 de febrero, por lo que el 6 de marzo se abrió un plazo de 3 días para que el maestro de obras presentase las fianzas necesarias para la seguridad de la obras. El día 8 se daba noticia de que la fianza había sido presentada conjuntamente por el maestro de obras Jiménez de la Fuente y la corporación municipal, ordenándose asimismo al depositario del fondo de obras públicas el libramiento de la cantidad expresada en el presupuesto.

Las obras debieron de comenzar a mediados de marzo, de modo que el 8 de abril se reunió el ayuntamiento para tratar la necesidad de fondos para su mantenimiento una vez que estuviera concluida, entendiendo por tales el alumbrado, la necesidad de guarda, etc., adoptándose el acuerdo de efectuar un informe con el consiguiente presupuesto para poder decidir lo más conveniente.

A finales de julio el alcalde D. Manuel de Amoraga tuvo que presentar la dimisión, estando aún inconclusas las obras; sin embargo esto no afectó a la continuidad de las mismas. El propio Amoraga lo cuenta en sus memorias políticas editadas en 1886: «se construyó una bonita glorieta, más extensa que la de Murcia, y contigua al elegante Templete, que se nombra Bañadero de la Cruz. Se cercó de murallas, con postes, en que se colocó la verja. Quiero no omitir, porque da honor a quien lo hizo, que pasado un mes de la estrepitosa caída del partido progresista, recibí un oficio firmado por el presidente del ayuntamiento moderado, D. Felipe Martínez Iglesias, que decía <<Habiendo usted sido el interventor del paseo de la Glorieta, esta Corporación tiene gusto en que usted continúe su obra hasta la conclusión>>».

Tras su inauguración se observó el poco cuidado que el personal tenía con los jardines por lo que se hizo necesario contratar una persona para evitar mas destrozos, siendo el elegido el soldado retirado Juan Martínez Casas. La primera descripción que tenemos de la Glorieta es la que realizó Agustín Marín de Espinosa en su libro de 1856, en decir 12 años después de su construcción: «con cuatro puertas adornadas de pilastras, y cerrada toda ella por una verja de madera pintada de encarnado. Su longitud consta de doscientas veinte y tres varas, y de diez y seis su latitud. La calle principal, ó sea el salón, forma un perfecto arrecife con diez y ocho asientos a cada lado en forma de confidentes. En los estremos hay dos anchos canalones destinados para regar los árboles y demás arbustos que hay en ellos».

En 1862 se decidió su ampliación para que englobase el Templete, invirtiéndose en ello 2.500 reales, las obras se dieron por concluidas al año siguiente con la colocación de dos tramos nuevos de verja y el repintado de la existente. En 1883 se mejoró la iluminación, instalándose faroles en la parte interior de la verja dispuestos sobre columnas de madera. Dos años más tarde, en 1885, Quintín Bas la describe de la siguiente forma: «Ameno paseo de acacias y álamos, con asientos de jaspe pulimentado». En 1893, se realizaron importantes reformas, reparándose los muros que bordeaban el paseo con piedra albardillada; asimismo se escardaron los árboles y en mayo se colocaron 12 bancos de madera con los pies de hierro que costaron 30 pesetas cada uno. Al año siguiente se sustituyó la primitiva verja de madera por otra de forja que tenía 6 puertas para poder ser cerrada totalmente por la noche.

En 1901 el ayuntamiento adquirió 60 plátanos para plantarlos en diversos lugares de la población, entre ellos la Glorieta, y en 1917 se realizaron plantaciones de rosales y palmeras. También en este año se reparó el muro de la verja y se cubrió el paseo central con una nueva capa de arena.

En 1924 se acordó el arreglo de las aceras y de las explanadas existentes en los dos extremos, frente al Batán y el Templete, plantando árboles y trasladándose al centro de la primera de ellas la fuente que hasta entonces había estado en la Glorieta, frente a la iglesia de los frailes carmelitas. En este mismo lugar se ubicaría al término de la guerra civil el monumento a los caídos, colocándose también tres monolitos a la entrada de la Glorieta que a partir de entonces pasó a denominarse Paseo de los Mártires, decidiéndose igualmente la retirada de las puertas y verjas, que se repartieron entre las clarisas, que la instalaron en una de las capillas de su iglesia donde todavía se conserva, los carmelitas y diversas zonas de la población (Gran Vía, calle Carril, campo de fútbol, castillo, etc.).

En 1978 la Glorieta sufrió otra importante renovación, sustituyéndose el pavimento de tierra por uno de trozos de mármol. Finalmente en 2009-2010 se remodeló con bastante mal criterio haciendo desaparecer gran parte de su personalidad, sentido y estilo, debido fundamentalmente al horrible pavimento gris y al aminoramiento de los espacios que hasta entonces y durante más de siglo y medio habían ocupado árboles, plantas y flores.

Fuente: elnoroestedigital.com

 

Agustín Marín de Espinosa

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Francisco Fernández García
Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz

Sin más causa que lo justifique que mi personal reconocimiento y respeto, quiero dedicar este artículo a D. Agustín Marín de Espinosa, conocido fundamentalmente por ser el autor de uno de los libros más sobresalientes de cuantos se han escrito sobre la historia de nuestra ciudad, aportando algunos datos biográficos hasta ahora desconocidos.

Nuestro protagonista no nació en Caravaca, sino en Sanlúcar de Barrameda, provincia de Cádiz, donde su padre D. Alonso Marín Espinosa, abogado de los Reales Consejos, ejercía como alcalde mayor desde mediados del año 1796. Existe un documento posterior, concretamente el testamento del escritor, en el que se indica que su padre fue alcalde mayor de San Fernando, también en Cádiz, aunque ignoro si ejerció este cargo con posterioridad al de Sanlúcar o simplemente se trata de una confusión, ya que la única referencia que conozco sobre D. Alonso, además de las citadas, es la solicitud de una plaza de fiscal en la Audiencia de Madrid cursada en 1811. Su madre fue Dª. María del Carmen Sainz de Aguilar, natural de Murcia, y en la pila bautismal le impusieron el nombre de Agustín José Marín Espinosa y Sainz de Aguilar; la preposición “de” intercalada en su primer apellido solo figura en la firma de sus producciones literarias, en todos los documentos oficiales aparece simplemente como Marín Espinosa. Desconozco la fecha de su regreso a Caravaca, aunque tuvo que ser anterior a 1813, en que fue elegido capitán de la soldadesca que acompañaba a la Santísima y Vera Cruz en sus traslados procesionales durante las fiestas, declarando que era “hijo del doctor Alonso Marín Espinosa, vecino de esta villa”. Cuatro años más tarde contrajo matrimonio en nuestra ciudad con Dª. María del Pilar Butiérrez (en documentos posteriores aparece como Gutiérrez), natural de Málaga. La inscripción del matrimonio, que tuvo lugar el 25 de noviembre de 1817, en el correspondiente libro de la parroquial de El Salvador nos permite conjeturar sobre el año de su nacimiento, que debió de ser 1798 o 1799, ya que según se indica en el acta, ambos contrayentes tenían 19 años de edad. El matrimonio fue bastante prolífico, teniendo al menos 8 hijos: Joaquín, Alfonso, José, Antonio, Maria del Carmen, Isabel, Josefa y Maria Dolores, esta última fallecida en 1842 de sarampión con tan solo 3 años de edad.

 Agustín Marín de Espinosa fue una personalidad con grandes inquietudes políticas y artísticas. De ideología liberal, participó activamente durante el Trienio Liberal en la política local, formando parte de la Milicia Nacional de Caravaca, creada en diciembre de 1820, de la que llegó a ser subteniente, y también de la asociación de “Comuneros” de nuestra ciudad. Los comuneros eran una asociación secreta de ideología radical liberal y republicana cuyo fin era la defensa de las libertades; en nuestra ciudad se organizó de manera clandestina durante el Sexenio Absolutista llegando a contar con bastantes partidarios, entre ellos Marín de Espinosa, que figura como tal en una relación confeccionada en 1823 titulada “Lista de los que públicamente han concurrido como Comuneros a la Logia de este nombre que se celebraba en las casas de D Alfonso Melgares y D. Miguel Perera de la Villa de Caravaca”.  Al igual que el resto de liberales, fue perseguido tras la vuelta al absolutismo. En la documentación generada con motivo de la depuración de los liberales en 1823, Marín de Espinosa aparece en una lista con otros 11 declarados como “abiertamente contra el trono y el altar, persiguiendo con escándalo a todo hombre de bien y aun asegurándose enla opinion de ser dela asociación de comuneros”, recomendando su detención, lo que sucedió poco después, siendo encarcelado en el castillo de Caravaca con 32 de sus correligionarios. Entre los documentos conservados en el Archivo Municipal de Caravaca figura un memorial fechado el 3 de enero de 1824, presentado por los presos del castillo, entre los que figura Marín Espinosa, denunciando a varios realistas que habían sido voluntarios en la Milicia Nacional. Posteriormente fue traslado a Murcia, donde permaneció hasta su liberación, lo que ocurrió aproximadamente hacia 1826. Según Gregorio Sánchez Romero, el único que hasta ahora ha investigado sobre este personaje, tras el fallecimiento de Fernando VII sucedido en 1833, pasó a militar en las filas del Partido Progresista, formando parte como vocal secretario de la Junta Provisional de Gobierno que se hizo cargo del Ayuntamiento de Caravaca el 23 de septiembre de 1840, después del pronunciamiento del general Espartero. Su trayectoria profesional es bastante desconocida, ya que solo disponemos de un documento, fechado en 1842, en el que figura como administrador de correos.

El 1 de enero de 1842 fue nombrado procurador síndico de nuestra ciudad, cargo que ocupó tan solo 6 meses, debido al cese de todos los ayuntamientos tras el pronunciamiento del general Narváez. Su primera actuación en el desempeño de este cargo fue presentar un informe denunciando el desastroso estado urbanístico de la población: “sucias y descompuestas sus calles, intransitables sus abenidas, sin alumbrado enmedio dela obscuridad dela noche, sin ninguna de aquellas cosas que hacen florecientes las Poblaciones, ofrece una perspectiva desconsoladora, y que debe escitar la atencion dela Municipalidad”, lo que impulsó la realización de diversas mejoras.

 No tengo noticias sobre la siguiente década, hasta el año 1854 en que volvió nuevamente a la actividad pública coincidiendo con el regreso al poder de los liberales durante el llamado Bienio Progresista. En noviembre de 1854 fue designado para formar parte de una comisión creada por el ayuntamiento para informar sobre los errores cometidos en el Diccionario de D. Gaspar Roig sobre la historia de Caravaca y su Cruz, con el encargo expreso de que “reunan los antecedentes necesarios y detalle una cumplida impugnacion por parte de este Cuerpo Municipal en que ademas se pruebe autentica y tradicionalmente el verdadero y milagroso aparecimiento de nuestra idolatrada y benerada reliquia, ocurrido en la mañana del tres de Mayo del año 1232”. El extenso y detallado informe fue presentado al ayuntamiento el 28 de ese mes, siendo posteriormente remitido a los editores del diccionario. El hecho de encargarle este asunto hace pensar que ya por entonces se había interesado por el estudio histórico de nuestra ciudad con vistas a la publicación de su libro. Hay que tener en cuenta que aunque salió a la calle en 1856, ya en julio de 1855 el ayuntamiento acordó suscribirse a dos ejemplares de la obra.

En abril de 1856 concluyó las transcripciones de varios documentos antiguos, concretamente los privilegios concedidos a la villa de Caravaca desde la edad media hasta Carlos I, siendo retribuido con 460 reales por “sus trabajos de traducción y material de escrivir”. Estas transcripciones se conservan en el Libro de Actas Capitulares correspondiente a los años 1855 a 1857, inserto entre las sesiones de marzo y abril de 1856. Ese mismo año publicó su libro, al que tituló “Memorias para la historia de la ciudad de Caravaca (y del aparecimiento de la Sma. Cruz) desde los tiempos más remotos, hasta nuestros días, e ilustradas con notas históricas”, editado en Caravaca en la imprenta de D. Bartolomé de Haro y Solís. Se trata de una obra bastante rigurosa cuyo valor, en palabras del medievalista D. Emilio Sáez, quien hizo una reedición facsímil de la misma en 1975, “viene determinado por la amplia visión del autor, que no se limita a una enumeración de las vicisitudes políticas de Caravaca; sino que, anticipándose a su tiempo, abarca otros muchos puntos que hoy constituyen presupuesto indispensable de la indagación histórica”.

Al año siguiente, en noviembre de 1857, recibió el encargo de ordenar “cuantos documentos, legajos y capitulares existen en el Archibo de este Ayuntamiento”, asignándole por su trabajo la cantidad de 1.200 reales y en septiembre de 1858 presentó un informe sobre los reparos necesarios en el castillo, que sirvió de base a las sucesivas reclamaciones que el ayuntamiento dirigió al Infante D. Carlos Luís de Borbón para que las llevara a cabo.

Como ya se ha dicho, Marín Espinosa fue persona de amplias inquietudes artísticas, teniendo que añadir a lo ya referido diversas colaboraciones literarias, entre las que se pueden citar “El Poeta Espinel” publicado en la revista de tirada nacional “El Mundo Pintoresco” el día de navidad de 1859 o “La reina regente” en el diario “El Faro Murciano”. Cultivó asimismo la poesía, quedando muestra de ella en el Álbum Poético de la Sociedad Literaria de Caravaca, de la que fue en 1862 uno de sus promotores.

Agustín Marín de Espinosa falleció en Caravaca el 5 de noviembre de 1866, a los 67 años de edad, de “una asma antigua complicado con una cerebritis aguda”, siendo inhumado al día siguiente. Dejó dispuesto un entierro de 8 clérigos con misa y oficio, fijando asimismo la celebración de 7 misas por su intención y las 30 de San Gregorio, “siendo mi voluntad se egecute todo lo referido a esta clausula, en el Altar de Nuestra madre y Señora de las Angustias, de cuya cofradía soy siervo, y a quien he profesado siempre una particular deboción”.

Fuente: elnoroestedigital.com

 

Un siglo de los manuscritos de Pedro López Ruiz (1917-2017)

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Francisco Fernández García

(Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz)

Hace cien años Pedro López Ruiz tuvo la idea de recoger en unas modestas cuartillas sus conocimientos sobre el culto que se rendía a la Stma. y Vera Cruz de Caravaca en su época. Nuestro protagonista, jabonero de profesión, nació en Caravaca en 1878 y desde siempre fue un fiel devoto la Cruz, ingresando en su Cofradía en 1898, al cumplir los veinte años; a lo largo de su vida desarrolló variadas actividades dentro de la misma y fue en varias ocasiones miembro de su junta directiva.

Los cinco cuadernillos que componen el conjunto de sus anotaciones se redactaron en su mayoría en septiembre de 1917, por lo que tal vez pudo influir en su génesis la muerte del conocido popularmente como el Padre Sala en abril de ese año. Francisco Sala Nougarou fue Hermano Mayor durante los años 1913 y 1914, ocupando con anterioridad los cargos de tesorero y secretario de festejos, precisamente ejerciendo este último fue cuando se produjo el ingreso de López Ruiz en la Cofradía, iniciándose desde entonces la colaboración entre ambos.

El prestigio y reputación de Sala se basaban en su eficacia, capacidad de trabajo y rigor; cualidades que le llevaron en 1898, época en la que era secretario de la Comisión de Festejos a redactar un reglamento de la misma, de singular relevancia para conocer el desarrollo histórico de nuestras fiestas. Siguiendo su ejemplo y presagiando tal vez los cambios que inevitablemente se habrían de producir, López Ruiz decidiera en 1917 dejar constancia de toda una serie de rituales, ceremonias y sucesos para que “nunca se cometa por ignorancia la más pequeña trasgresión en el culto y en el ceremonial sublime y excelso que le es debido a tan gloriosa y amadísima Sagrada Reliquia”. Premonitorio pensamiento teniendo en cuenta lo sucedido posteriormente.

Sea como fuere, el caso es que sus manuscritos tienen una gran importancia, tanto por su valor histórico como por constituir un testimonio directo sobre una época, aunque cercana el tiempo, bastante desconocida e indocumentada, por lo que cuando en 1942 se instauró de nuevo el culto de la Cruz de Caravaca en su santuario se perdieran algunas de las particularidades y características del mismo, de las que nada sabríamos (de hecho hasta la aparición pública de estos textos hace una década se desconocían totalmente) a no ser por la meticulosidad con que nuestro protagonista acometió su tarea.

Dos son los temas que sobre los que versan fundamentalmente sus escritos: el culto de la Cruz de Caravaca y la celebración de sus festividades. Respecto al primero, es de destacar el capítulo dedicado a los Conjuros, en el que reseña con riguroso detalle todos los que se celebraban en su época: los dos diarios que se efectuaban durante el mes de abril en el exterior del templo y los que se realizaban de manera especial cada vez que una tormenta se acercaba a la ciudad o a su huerta, excepto en los meses de invierno, utilizándose para estos la capilla destinada a tal efecto. Del mismo modo resulta muy interesante su descripción de los otros dos existentes, que se celebraban los días 1 y 2 de octubre a las 5 de la mañana, dedicados a las Monjas Carmelitas y a las Clarisas, respectivamente. Se oficiaban en el exterior del templo junto a la muralla, cada uno en un sitio distinto para que el sacerdote pudiera mirar de frente al convento a quien iba dedicado. También aporta una interesante información sobre las ceremonias de los viernes de cuaresma, en especial el de la festividad de San Lázaro, y los misereres.

El segundo de los temas, las fiestas de la Vera Cruz de mayo, ocupa la mayor parte del manuscrito, ya que son durante ellas cuando tienen lugar los ceremoniales y rituales más destacados, antiguos y característicos y también los festejos más populares. Por desgracia, los textos no se conservan en su totalidad, por lo que apenas encontramos referencias a los días 3, 4 y 5 de mayo, en contraste con la exhaustiva y detallada relación que ofrece de los actos desarrollados durante el día 2.

Sus anotaciones si inician con el toque de campanas, conocido como “alborada”, que tenía lugar a las 3 de la mañana y concluyen con la vela nocturna de la Cruz en la parroquia durante la noche del 2 al 3 de mayo, registrando con minuciosidad todo lo comprendido entre ambos: la concentración de las autoridades civiles y religiosas, sus traslados al Templete para la Misa de Aparición, al Convento de las Carmelitas para recoger la Bandeja de Flores, al Ayuntamiento para entregársela al Alcalde y finalmente al Castillo para su ofenda a la Cruz, detallando los diferentes itinerarios por donde transcurre, la Bendición del Vino y las Flores y las carreras de los Caballos del Vino, para las que existía un jurado para decidir “con verdadera imparcialidad y justicia, el caballo o caballos que por su velocidad en la carrera, se ha hecho o se han hecho acreedores al premio o premios”.

Igualmente pormenorizadas, si no más, son las referidas a las procesiones y ceremonias de la tarde, en las que incluye gran cantidad de detalles sobre los momentos previos al inicio de la procesión, colocación en la custodia en el carro, toques de campanas, etc., siendo lo más llamativo y didáctico un croquis con la situación que ocupaban de todos los participantes en las procesiones de la Cruz.

López Ruiz no solo deja constancia de la existencia de todos los actos y ceremonias del programa, sino que aporta también una gran cantidad de información pormenorizada que nos permite conocerlos con detalle, contribuyendo de igual manera al conocimiento de algunas facetas desconocidas, como el “juego de portas” de los Armaos.

Si bien López Ruiz no alcanzó su objetivo, al menos no en su totalidad, ya que como ya se ha dicho, con la reintegración del culto de la Cruz de Caravaca en 1942 se perdieron muchos rituales (la mayor parte de los conjuros, los misereres, etc.), no obstante creo que se sentiría muy orgulloso sabiendo que sus escritos hayan sido finalmente los únicos conservadores de tan preciada información.

Como en todo hay una excepción, hay algo que si se ha recuperado gracias a sus escritos: los corporales de la Bendición del Vino, que habían sido olvidados por todos y desaparecido totalmente. Los corporales eran unos trocitos de tela cuadrados de pequeño tamaño, tres centímetros y medio cada lado, elaborados por las Clarisas que se colocaban junto a las flores y el purificador o purificadores, para ser rociados con vino bendecido por la Cruz.

Pedro López Ruiz falleció en 1957, a la edad de 84 años, sus cuadernillos pasaron a su hijo Rafael López Satorre y posteriormente al que fuera director de este periódico Juan Antonio Lloret Laborda, quien en el año 2008 los donó Archivo Municipal de Caravaca, donde se conservan desde entonces, editándose al año siguiente con el título de “Festividades y Culto de la Stma. y Vera Cruz de Caravaca (Los escritos de D. Pedro López Ruiz)”, cuya lectura recomiendo a todos los interesados en la historia de la Cruz de Caravaca.

Tras la publicación del libro, la entonces Camarera de la Cruz Loli Nevado sirviéndose de la descripción ofrecida por López Ruiz, incorporó de nuevo los corporales a la Bendición del Vino y las Flores, utilizándose desde entonces.

 

Fuente: https://elnoroestedigital.com